Sexshopping.

El dueño del primer sexshop, la primera persona que dijo “Hace falta un sitio en el que comprar consoladores y muñecas hinchables”. Ese emprendedor, ese pionero de la perversión capitalizada; sus decisiones sentaron las bases de lo que hoy conocemos como sexshops. Cosas como las cabinas para pajas, las bolsas de plástico opacas y sin marcas o las cortinas para aislar las secciones realmente jodidas; todo esto fue inventado por este anónimo pionero.

Me gusta fantasear con que hubiera tenido ideas raras y estas se hubieran convertido en estándares para todos los sexshops actuales. Que los dependientes hubieran ido enmascarados, con caretas de papel, máscaras de cuero o antifaces dorados; que hubiera hecho un lugar siniestro, con velas y música clásica. No sé, que se hubiera vuelto  un poco loco queriendo decorar el sitio; que hubiera acabado colgando una muñeca hinchable en el techo de la tienda como esos cocodrilos de los bares surferos.

Que hubiera dejado los consoladores al alcance de los compradores, fuera de sus envases, apilados en cajas como si fueran fruta fresca. O colgados de ganchos como si fueran jamones.
Joder, que los consoladores estuvieran atados con cadenitas en el mostrador, como los bolígrafos de los bancos.

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