Dentro del huevo.

El museo tenía una fachada impresionante, llena de cristal y acero; unas burbujas raras, como si hubiera estornudado un dinosaurio al pasar por la calle. Los turistas pasaban horas sacando fotos antes de entrar.

Después de entrar ya no sacan fotos. No sacan fotos porque el vestíbulo es una habitación de aislamiento, hermética y de color blanco. No hay un mostrador con una rubia detrás repartiendo folletos, no hay un sitio donde dejar los abrigos ni un guardia de seguridad aburrido en una esquina. De hecho no hay esquinas, es una habitación esférica  en la que la luz parece no venir de ningún punto y de todos al mismo tiempo. Es un refugio místico, una habitación impermeable e insonorizada. 

Se planteó como una cámara estanca, una zona de transición entre el mundo real y el mundo del arte. Un lugar en el que la mente se desliga del cuerpo y sus preocupaciones para transformarse en algo diferente, en algo más ligero y etéreo; antes de entrar al museo son turistas, una vez dentro son otra cosa. La sala funciona como una crisálida pero con menos mierda por dentro. Todos los museos deberían tener una una esclusa cultural, una demarcación clara de cuando estamos dejado atrás lo terrenal. egg

En realidad no funciona, es un desastre como experimento museográfico. Nunca nadie ha pasado un minuto en el interior de ese huevo raro, la sala nunca ha estado llena de jóvenes amantes del arte sentados en el suelo respirando acompasadamente preparándose para el museo. Solo hay turistas muy confusos, niños muy nerviosos y señoras mayores palpando las paredes buscando la puerta de salida.

Cuando dejan la sala no son esas etéreas criaturas culturales pero tampoco son turistas, se han convertido en náufragos sensoriales; el paso por la sala los ha dejado perdidos y necesitados de estímulos. Pero una vez que salen de la sala no encuentran un suelo firme bajo sus píes, solo encuentran obras de arte, elementos aislados y extraños como vestigios de civilizaciones extraterrestres. Tardan un buen rato en volver a la normalidad, necesitan encontrar asideros mundanos como extintores o envoltorios de comida; objetos que son nexo con el mundo real entre tanta instalación conceptual.

Se sale del museo siguiendo un pasillo muy estrecho, un pasillo sinuoso del que no ves el final, un pasillo misterios en el que se intuye una luz al fondo. La intención del arquitecto era evocar el cuello uterino, evocar el nacimiento; quería hacer una alegoría del museo como lugar de gestación, de crecimiento del visitante pero desde el exterior parece que el museo está cagando turistas, masas de turistas mareados y cegados por la luz del exterior.

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