Una historia con dos finales felices.

Hoy presentamos una colaboración exclusiva de @DonMostrenco, autor del fantástico científico blog empollonintegrista.wordpress.com. ¡Que la disfrutéis!

Normalmente los casos de hipoxia durante el parto no son motivo de alegría, pero ésta fue una ocasión excepcional.

El bebé se llamaba Talavera Magán (sí, Talavera, ¿acaso no hay un Tennessee Williams?,¿o una Paris Hilton?), y debido a las complicaciones del parto nació con incapacidad para sentirdolor. Su problema neurológico podría llegar a asemejarse, incuso, a un superpoder. Como todo superpoder, tenía un lado oscuro que no tardó en manifestarse. Pero hablemos antes de Paco, el padre de la criatura, que le crió en solitario.

Paco era un calvo peinado con cortinilla, que pasaba el día entero en la taberna bebiendo chatos, fumando puros y contando chistes de suegras. De vez en cuando intentaba tocarle el culo a la camarera rumana; era su manera de demostrar aprecio. Su modus vivendi incluía una violenta devoción por el Atlético de Madrid, hasta el punto de que el resultado de un partido a menudo determinaba dónde pasaría la noche: en el puticlub más próximo o en la comisaría del barrio.

No obstante, no se dejen engañar por las apariencias, Paco no era ningún holgazán y sus horas en el bar no eran tiempo perdido. Cada chato, cada chiste soez, cada manotazo en la barra y cada alarido a la tele podían considerarse parte de su trabajo, pues su fuente de ingresos eran los derechos de imagen que recibía de varios ensayos feministas. En uno de ellos, titulado “Todos cerdos”, incluso salía en portada. Paco era un hombre de éxito cuyo ejemplo nos demuestra una vez más que, haga uno lo que haga en la vida, hay que llevarlo hasta sus últimas consecuencias. La tibieza nunca llega lejos.

Un padre como Paco solamente conocía un método pedagógico, educar a hostia limpia. Pero aquí se planteaba un problema gnoseológico: si el chaval no sentía dolor, ¿de qué serviría arrearle? Decidió pues dejarle crecer, como dicen en mi tierra, a su puto albedrío. El chaval, como era de esperar, se convirtió en un cabronazo intratable: no estudiaba, se peleaba en el instituto y fuera de él, eructaba en la mesa…

Todo cambió cuando, una noche, el Atlético perdió ante el Celta de Vigo. Milagrosamente, Paco logró superar la distancia que separaba el bar de su casa sin ser detenido, a pesar de su estado de violencia y agitación. Al llegar a casa, su hijo le recibió con algunas impertinencias, y Paco se lió irreflexivamente a guantazos. De éste modo descubrió que, aunque no sentía dolor, a Talavera le horrorizaba el ruido de las hostias.

¡Al fin había encontrado una manera de educar a su vástago!. Los guantazos con la mano hueca en la base del cuello eran especialmente eficaces; hacen muchísimo ruido pero apenas duelen, aunque esto último Talavera no lo sabía. Y así, a base de éstos correctivos sonoros, Talavera se encarriló, volvió a estudiar, y llegó a ser un gran contable.

Ah, y el Atlético remontó en el partido de vuelta en Balaídos.

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3 pensamientos en “Una historia con dos finales felices.

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