Dar el callo.

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Un señor considerado un santo sin más mérito que el haberse pasado la vida al sol apoyado en la pared de la iglesia de un pueblo de mierda, un viejecillo de piel arrugada y crujiente de tanto haber estado a la solana.
No se le conocen familia ni amigos ni casa; los más viejos del lugar dicen que sencillamente un día apareció ahí y que cuando llegó ya estaba acartonado de tanto sol. Desde entonces han pasado más de ochenta años y nunca nadie ha conseguido sacarle una palabra o descubrir de dónde ha venido.

Mucha dedicación a una mortificación vacía de significado que sus vecinos han interpretado como una penitencia religiosa.
Han sido muchísimos años de ver a ese hombre sufrir silenciosamente, toda una vida dedicada a la inactividad y el bronceado; se ha convertido en un símbolo del pueblo, lo ha puesto en el mapa, su foto aparece en las guías turísticas e incluso ha aparecido en el vídeoclip de un famoso rapero1 de la capital.
Sin moverse de la pared ha conseguido más fama que nadie del pueblo hasta el punto de que toda la estructura económica local depende del dinero de los que que acuden en peregrinación para ver tan curioso fenómeno.

Al párroco local no le queda otra que aceptar este fenómeno pero no puede evitar sentir celos por este personaje, celos de su aparente santidad y de la atención que recibe pese a no haber hecho nada más que estar de píe.
La fe es un asunto muy serio para un cura y no puede dejar de plantearse si ese bronceado es una muestra de desequilibrio mental o una forma exótica de fervor religioso.

El asunto es que hoy el santurrón tostado ha muerto. Parecía que tenía un día como otro cualquiera de estar de píe junto a la puerta de la iglesia pero el olor a barbacoa le delató; tantos años de cocción a fuego lento tenían que acabar en desgracia inevitablemente. Cuando el médico confirmó el fallecimiento el pueblo tomó la noticia no como la muerte de un yonki arrugado sino como una señal del fin de los tiempos.
El ayuntamiento arde mientras en la plaza los vecinos se enzarzan en una multitudinaria orgía apocalíptica.

Ante tal panorama el cura se vio obligado a tomar medidas drásticas y a falta de un título en medicina y sabiendo que la muerte es irreversible independientemente de la supuesta santidad u origen divino de cada uno decidió hacer aquello que se supone que deben hacer los curas, decidió obrar un milagro para devolverle la vida al bicho este.

Joder, utilizar una reliquia religiosa, un dedo de San Raimundo2 el de los Dedos Largos, para resucitar a un presunto santo. Darle a un muerto con un otro muerto e intentar sacar chispa para arrancar el motor.


1No voy a hacer publicidad de dicho rapero porque rechazo totalmente su discurso de gorras ladeadas y pantalones caídos.
2Tenía los dedos lo suficientemente largos como para ser considerado santo solo por eso.

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