Plumas en la garganta.

Hay una imagen muy poética en la medicina del siglo XIX, el uso de plumas para provocar el vómito. Las plumas son lo bastante flexible como para no poder asfixiarte con ella si te la metes en la garganta, fácil de conseguir para poder ser desechables y por último las barbas de la pluma te harían las cosquillas necesarias para vomitar al instante. Sí, los pelos de las plumas se llaman barbas; es como si a los dientes de un sello los llamaramos bocas.

Es muy posible que en realidad no exista eso de meter plumas en la garganta a la gente para hacer que vomiten, pero yo tengo esa imagen muy sólida en la cabeza y estoy bastante seguro que no me lo estoy inventando. Lo que sí espero estar inventándome es el otro uso, el darle la vuelta al asunto este de la pluma e innovar muy fuerte, ir a lo inesperado con ella. En el siglo XIX la medicina era algo muy personal e íntimo, no había series de médicos en la televisión, ni siquiera se iba a la consulta o al hospital para ver al doctor. Lo normal era invitarle a tu casa y que ahí él te hiciera sus rutinas médicas especiales, medicina sin reglas en la que todo valía.

En este contexto es perfectamente posible que un médico tenga un paciente con problemas en el estómago y su tratamiento empiece dándole la vuelta al paciente, bajándole los pantalones y poniéndolo a cuatro patas en su dormitorio (el del paciente). Sí, estamos hablando de aplicar la pluma en el culo, de usarla para luchar contra el estreñimiento; mismo conducto, mismo tratamiento, pero en el extremo contrario. En un principio la idea es meter la pluma por el culo, provocar un rozamiento en el recto que inicie una estampida de mierda y alivie al paciente; pero me parece bastante improbable poder meter una pluma por el culo de nadie, le falta solidez para la penetración. Como mucho podrías intentar meterla al revés, pero creo que conseguirías clavarle el cálamo al paciente y eso sería horrible. La otra opción es usar la pluma para hacer cosquillas en la raja del culo y creo que así se podría conseguir algún resultado. Al fin y al cabo si puedes usarla para hacer que alguien vomite o estornude la ley de la analogía debería provocar una repentina salida de heces. O quizá no.

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