Amistad.

Son jubilados normales, con boina, bastón, jersey de lana y mucha añoranza del franquismo; jubilados normales que se pasan las tardes de verano en el parque jugando al ajedrez. Son jubilados normales, pero su ajedrez tiene las piezas de chocolate. Su ajedrez se funde por el sol, las piezas quedan pringosas y se pegan a los dedos, ensucian el tablero y quedan irreconocibles al acabar la partida.

Al final de cada tarde recogen cuidadosamente los pegotes de chocolate y los guardan en su estuche; cada pieza va en un hueco, las encajan amasándolas con los dedos y después se despiden y se van cada uno a su casa. Una vez en casa meten el estuche de las piezas en el congelador y así lo tienen listo para el día siguiente.
Y llevan así diez años.

Las piezas cada vez son más pequeñas y retorcidas, pero siguen valiendo como el primer día.

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