Infarto.

Dejó un cadáver de puta madre, un cadáver atlético y con buen color. Nada de arrugas, piel pálida y relleno bajo la chaqueta. Pero sus padres estaban tristes, no importa lo bonito que sea el cadáver que unos padres nunca van a estar contentos en el entierro de su hijo. No se creen aún que haya muerto, era joven todavía, tenía buena salud, no se drogaba, hacía deporte; les parece inexplicable que muriera por un accidente cardíaco mientras dormía.

No fue un infarto, no tenía ninguna enfermedad coronaria ni el colesterol alto ni déficit de glóbulos rojos; lo que le mató fue un accidente cardiovascular. Mientras dormía uno de sus glóbulos rojos empezó a circular fuera de control yendo por la femoral a contramano y provocó una colisión múltiple que acabó con la vida del pobre chaval.
Esto puede pasar, no es común, nunca había pasado antes pero es perfectamente posible. Podría parecer que el torrente sanguíneo es un lugar blando, como un tobogán de parque acuático con paredes elásticas; una especie de pajita de refresco por la que circulan células grumosas e inofensivas como cereales en un bol de desayuno. Pero en su escala todo esos tropezones que hay en la sangre son muy peligrosos, se mueven a grandes velocidades, tienen partes afiladas y son capaces de romper vasos sanguíneos. De hecho es un milagro que estemos vivos.

Accidentes dentro del cuerpo, accidentes en “Erase una vez la vida”. Venas dobladas por el impacto, glóbulos ardiendo volcados en la cuneta.

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